lunes, 29 de febrero de 2016

la vida es extraña. a veces estás ahí, viendo cómo la boca se te llena de cataratas y tú aguantando para no tragar la espuma de cristales de los otros. y otras veces, sin embargo, pones la cara para que el primo, la hermana, la vecina...hasta el cuñado, no reciba el zarpazo del silencio. y te miras en el único espejo que no ha quedado hecho añicos después de la batalla y piensas: pero vamos a ver, dónde tendría que estar yo ahora mismo. qué plato roto debería estar pegando o qué huida o qué herida o qué historia o qué. qué. dónde quedarán las olas cuando no las saltas, quizá las recojan algunas manos que no vemos en la orilla; dónde quedarán esas olas que no salté con mi padre de niña en el mediterráneo que a veces es lugar de recreo estival de las familias, y otras veces tumba de los que miran a esos otros haciéndose el muerto, como si aquello fuese una burla. a veces el camino es como si se encogiese, crees que a la vuelta de la esquina estará el horizonte sin mareas pero sólo era una curva perdida que te anima a descalzarte y acabas andando sobre restos de tiburones con los pies inflamados de pisar aquel mundo cuando era arena. pero era la arena de los otros. hubo un tiempo en que me daba miedo salir de casa y era un esfuerzo continuo luchar contra doce o catorce nuevas horas que quedaban por delante, observaba entrar el metro en la estación como si fuese un fantasma y sin saber si quería que fuese un gusano extraño que venía a zamparse mis últimas fuerzas, o una especie de dragón como el de la Historia Interminable que me llevaba lejos, más allá de esos túneles. pues eso, que a veces los poetas se equivocan, y los cirujanos y los submarinistas. y los seres humanos. y nosotros. y nosotras. que nos hacemos mayores y tantas veces renunciamos y tantas veces dejamos de esperar y tantas veces empezamos a creer cuando ya no hace falta. y a crecer al revés, como si la soledad nos observase desde dentro. y lo único que tiene sentido es detenerse, contar hasta diez y dejar de ser fuerte. decidir plantar un árbol y quemar los últimos restos de algo, lo que sea. y ser mujer, eso ya es otra historia, más bien la primera historia. y darse cuenta. revolver todo lo que queda en la memoria y traerse de nuevo al primer plano, eh, primer plano de unos ojos que miran más allá de lo que ven. a veces el sol parece una piscina repleta de canciones o susurros que alguien te cuenta, pero no importa porque ya has descubierto lo cerca o lo lejos que puede quedar cualquier trozo de piel, si uno se lo propone. y todo esto es hablar por hablar porque al final ahora me levantaré de esta silla de oficina que no está en una oficina y me iré a estirar la espalda al lado de jubilados y señoras que se cuentan la compra del mercado y pensaré que nunca me he sentido más libre y menos libre, más anciana y menos anciana. y cuando esté dando explicaciones al jefe, visitando viviendas sociales en barrios pobres, creo que dejaré caer alguna lágrima. porque la vida es extraña, es ... se contiene en una palabra bonita pero es extraña. y dejaré que la cera derretida apague el fuego, y acunaré la paciencia. y pensaré: bueno, por lo menos -aún- yo sigo teniendo la oportunidad de elegir. y de tener miedo.
[nihilismo. escritura automática. violeta, feb, 2016]

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