
.
.
.
no pensé
nunca
ser testigo de mi propia resurrección
ser la mano
que decidiera
mi propia redención
y extender el manto blanco por mis pechos esculpidos
con arena
y semillas de polen
.
.
.
pero cuando duermes tu niño de verano
en mi regazo
respirando
creo que cantos de pájaros que se cuelan por las persianas
alientos de pueblo y antepasados
campanas de iglesia lejana en el monte
amarilleando en julio
desayunos tranquilos a las doce de la mañana
sólo me hace falta
seguir siendo
y hundir mis dedos largos
entre los mechones de tu pelo alborotado
después de escuchar tu voz
agarrada a mi cintura
en mitad de la noche
contándome cariños
y pesadillas de cuando eras niño
y pedaleabas en bicicleta
por encontrar tu principio
y tu fin
del mundo
sorteando las ortigas
y los agujeros en las pieles
sólo me hace falta escucharte
y soplarte nanas de cebolla
en tu oído
anclado
en mi barbilla despuntada
.
.
.
hay alguien en ti que aún no ha nacido
hay alguien que quizá se esté muriendo
poco a poco
y eso duele como un silencio clavado a gritos
porque nunca se deja de crecer
eso se nota en las plantas de los pies
que guardan rallas difuminadas
que son las cuentas de los pasos que vamos dando
/y nunca nos bajamos de la bicicleta roja
por reinventar el mundo
que en ese momento nos parece el más adecuado/
es como mudar las muelas
y probar
que ahora puede masticarse la sangre
.
.
.
yo no busco en ti la perfección
a costa
de tu felicidad
ni mi felicidad
a costa de tu imperfección
que seas como seas
como brote de tus manos y tu cuello plagado de ecos de latidos
eso se llama
la libertad de dejarte elegir cómo ser
que sólo el viento decide
si coincidiremos en nuestras luchas particulares
para acompañarnos
y hacerlo
todo
aún más bonito
/por ahora
eso
está pasando
por mí
que siga pasando
más allá del
ahora/
violeta, julio 08.
/"Quien me quiere sabe lo que quiero". Mala Rodríguez/
/Foto: José Naveiras/


