jueves, 6 de enero de 2011





Un chupito de anís, agua y zanahorias

Recuerdo la Noche de Reyes como una de las que esperaba con más ilusión en mi infancia. Y lo mantengo inmortalizado como si esa infancia hubiese sido ayer mismo. Tengo un recuerdo vivo, casi detallista de toda esa emoción que sentía, y aunque evidentemente ya no experimento la misma sensación, soy capaz de poner imágenes, sabores, olores… y puedo tomar el pulso a cómo sentía esta espera hace más de veinte años. Igual que soy capaz de volver atrás en mis cacerías de gamusinos. Es sorprendente cómo, y ahora me he dado cuenta, estas ilusiones infantiles, que nos son comunes a todos y todas, a mí en concreto me marcaron de manera importante, tal es esa presencia como si fuese una neblina invisible pero constante que existe en mi memoria no sólo de acontecimientos, sino incluso de sensaciones. Son estas pequeñas tradiciones, estas experiencias que nos unen en lo que es ser niño, o niña.

Aunque hace años que ya no vivo en casa de mis padres, esta noche vuelvo a dormir en la cama de mi antiguo cuarto, porque tenemos que levantarnos y ver todos juntos los regalos. Creo que el hecho de no dormir nada aquella noche, nerviosísima, y levantarse, y en pijama ir hasta el salón para ver la torre de sorpresas envueltas en coloridos papeles, es otra de las imágenes más nítidas que intento recuperar cada año, aunque las circunstancias vayan cambiando.

Esta noche duermo en mi antiguo cuarto, que compartía con mi hermana, que ya lo ocupa ella sola, y abro el cajoncito de la pequeña mesilla que separa las dos camas de noventa centímetros de ancho. Está lleno de las mismas cosas inservibles que lo llenaban hace cuatro años, cuando dejé de dormir en esta habitación.  Aunque ya no nos levantaremos a las siete de la mañana, inquietas, para ver cuánto de buenas han considerado los Magos de Oriente que hemos sido, el hecho de que esta noche yo vuelva a pasarla en esta casa con este motivo,  otra vez  compartiendo espacio con la hermana cuatro años menor que yo, sirve para seguir recuperando de año en año estas mismas pinceladas: despertarse por la mañana y comentar que hemos oído los cascos de los camellos, por ejemplo.   Es impresionante cómo es la imaginación de las y los pequeños. Yo estaba convencida de haber escuchando a los camellos; y sigo pensando que puede que sea cierto.

Hoy he vuelto a preparar lo indispensable para esta noche: zapatos bien limpios, y un pequeño tentempié que ofrecemos a Sus Majestades, en agradecimiento al largo camino realizado, y que se compone de tres copitas de anís para templar el frío, unos polvorones y dulces navideños para matar la falta de azúcar y el cansancio, un cuenco con agua y unas zanahorias para los camellos.

Tengo, asimismo, muy presente, el momento en el que me enteré que los Reyes Magos no existían. Los Reyes son los padres. Que es una de las frases hecha que todos hemos utilizado y oído alguna vez. Igual que digo que estos detalles los observo en mi retina como si estuviesen pasando ahora, y además los contemplo con ojos adultos, mi propia infancia, también me retrotraigo hasta aquel instante en el que fui consciente de una realidad de la que, en absoluto dudaba. Todos sabemos quién y en qué momento sucedió. Como muchas otras primeras veces o acontecimientos que marcan. Lo mío fue en plena cabalgata de Reyes, y en aquel estado de shock, recuerdo que me sentí absurda saludando a una persona que no sabía quién era, pero que no era el Rey Baltasar. Una madre le decía a su hijo, ya adolescente: “este año, ¿qué político será el rey Baltasar?” y soltó una risotada.  Y yo me quedé petrificada. Todo el ruido de niños y niñas gritando, peleándose por los caramelos que, desde las carrozas, caían como meteoritos, desapareció y se hizo el silencio.

Ahí, justo en ese instante. Esa es una de las primeras brechas que iban abriéndose en mi infancia, las que te obligan a hacerte mayor, sin quererlo. Creo que, para todas las personas, el descubrir que Los Reyes son los padres, es una de las fronteras que separa la infancia de la primerísima adolescencia, o juventud. Hay niños y niñas que pelean, que se resisten a crecer en ese momento y, aún sabiendo que quienes deben ser no lo son, se niegan a aceptarlo, se inventan otras historias para justificar una existencia por la que esperan cada seis de enero. Como digo, es impresionante la imaginación infantil.

Hace mucho tiempo ya de aquel descubrimiento. Pero sigo regresando a la casa familiar para abrir los regalos de Baltasar, mi rey, el día seis de enero. Y observo cómo los Reyes han pasado por allí: se han bebido el chupito de anís, se han comido los polvorones y las zanahorias están mordidas. Creer en los Reyes Magos puede creerse toda la vida. En todo esto, tiene mucho que ver mi madre, que sigue con emoción siendo fiel al ritual, adornando este día como cuando éramos pequeñas. Cuando las cosas se creen, existen. Igual que cuando se cree en la Amistad, en el Amor, en una misma o en uno mismo.

Ojalá siempre mantengamos las ilusiones de nuestra infancia, de cuando había días especiales, por mágicos. Es la esperanza que nos queda, frente a unos años que nos devuelven excesivamente realistas y pragmáticos. Si creemos en estas cosas tan significativas, seguro que, aunque nos vayamos haciendo mayores, nos seguirán ilusionando hasta los detalles más pequeños. La vida real, la vida bonita, está en estas experiencias que nos devuelven a nuestra primitiva existencia, en las que nos reconocemos.


Gracias, Baltasar.




violeta, enero 2011

1 comentario:

Unknown dijo...

Yo fuí una niña asquerosa cuyos padres progres no quisieron que viviéramos en la falacia mágica de una creencia infantil y me chocaron contra la realidad demasiado temprano... cuatro o cinco años a lo sumo... traumatizada, corrí a la escuela a cascarlo y traumaticé a unos cuantos.

Hoy, madre, no pienso hacer lo mismo. Voy a alimentar el cuento, el sueño y la ilusión hasta que pueda. Me muero por ver la cara de mi hija cuando tenga edad para entender que el 6 de enero llegan los Reyes Magos.