
KILÓMETRO CERO
Estaba emocionada. Pero pensé que debería dejar pasar un tiempo para escribir con algo de distancia lo que acababa de vivir. Alguien había saltado el kilómetro cero, SU kilómetro cero. Me subí en el tren de vuelta a Madrid con la cabeza burbujeante por lo que había vivido. Estaba agotada. Me había levantado a las seis de la mañana para coger un tren y lanzarme a un día repleto de experiencias. Me senté en el tren a las siete de la tarde y respiré hondo, me veía sonreír reflejada en el cristal de la ventana. Había mucho silencio y cerré los ojos para tratar de frenar todos los pensamientos que pasaban por mi cabeza.
El estudio sobre mujeres drogodependientes maltratadas por sus parejas llevaba ya mucho tiempo en rodaje: lo habíamos diseñado hacía unos meses, calculado meticulosamente la metodología más apropiada, contactado con los recursos a los que íbamos a visitar para que los profesionales nos contaran su experiencia al respecto … Yo nunca había estado en una Comunidad Terapéutica o en un piso de reinserción de drogodependientes. Tampoco me había enfrentado a las vivencias tan duras por las que han pasado esas mujeres que ahora dan palmas y bailan flamenco en el patio del recurso residencial donde conviven todas juntas para salir de su adicción.
Era marzo y hacía un tiempo gris; no lo pensé cuando salí de casa por la mañana, pensando que en el sur siempre tiene que hacer calor. Ya, tópicos. Como en tantas cosas. También en esto. Cuando llegué a la estación a primera hora de la mañana me esperaba allí uno de los profesionales de la comunidad terapéutica para mujeres que había ido a conocer. Nos subimos en su coche y pusimos rumbo a la casa, a unos 50 kilómetros de la ciudad. Desde la carretera me señaló una enorme casona rodeada de vegetación. La de veces que durante un viaje habré pasado delante de algún espacio de este tipo y habré pensado: menudas casas tiene la gente, qué bien viven. Subimos con el coche por el camino de tierra rodeados de plantas; la casa era blanca, de estilo andaluz. Bajamos del coche y fue en lo primero que me fijé: un mojón de kilómetro cero a la entrada de la casa. Pasamos dentro. Me enseñaron la estancia, las habitaciones, las zonas comunes. Conocí a A. una chica muy joven que pintaba algo en la sala de actividades. Y contemplé las vistas que se observan desde la terraza trasera: la Sierra. Amplitud. Libertad.
Una vez hube hablado con las psicólogas, con el médico, con el coordinador del recurso, mientras se escuchaba afuera a las mujeres disfrutar de su tiempo libre, apagué la grabadora digital que normalmente utilizo para no olvidar nada importante de lo dicho.
De pronto se escuchó ruido, movimiento, risas nerviosas; las mujeres corriendo aceleradas de un sitio para otro. -Vas a tener suerte- me dijo el médico- poca gente puede decir que ha vivido algo así: hoy recibe el alta una de las usuarias. Vas a ver todo el rito que se genera alrededor-. Reconozco que se me contagiaron los nervios, porque no sabía qué iba a pasar, por imaginar que iba a ser partícipe de un momento fundamental en la vida de una persona y que iba a compartir con todas ellas todo lo que suponía, también el fin de unos meses de convivencia duros e intensos.
Entramos en una sala donde me senté con las y los profesionales y las quince mujeres en sillas dispuestas en corro. Ellas me sonreían pero me miraban curiosas. Yo hubo un momento en el que me sentí un poco intrusa, aunque muy afortunada. Me senté y guardé silencio, tratando de pasar lo más inadvertida posible y ser respetuosa. Una mujer comenzó a hablar. Fue dirigiéndose una por una a las compañeras que la escuchaban. No pude evitar fijarme en cada una de ellas. Muchas lloraban y miraban hacia abajo. Jugaban con los anillos y se sonaban la nariz. Una de ellas permanecía llamativamente encogida en su silla. -Y tú, J., que llevas aquí una semana … - le dijo la mujer que recibía aquella mañana el alta.
Y siguió. -Y tú, M. que luches por tus hijos. Y tú, S. que sigas echándole ganas. Y tú, M.R. que eres como mi hija, que me has recordado a ellos y por eso hoy salgo de aquí. Y tú, T. que te quieras un poco más-. Y después a los profesionales, - J. que me perdones por si… I. gracias por…. - Y se dio un largo abrazo con una de sus terapeutas.
Yo apretaba los labios. Sinceramente. Los apretaba hasta hacerme daño. Notaba la emoción a punto de estallarme en los ojos. Pero pensé que debía contener las lágrimas aunque allí todo el mundo lloraba. Apretaba mi carpeta contra mí, como una adolescente inquieta y sin saber cómo reaccionar, y seguía escuchando y viviendo todo aquello. Después nos levantamos y nos dirigimos al patio de salida. Donde estaba el mojón de kilómetro cero. Nos pusimos todos juntos en grupo, de pie, y una de las mujeres fue repartiendo unos folios. Me fijé, era la canción “Desde mi libertad”. Me puse detrás del grupo. La mujer que iba a ser dada de alta se puso al principio. Y empezaron a cantar.
-Esto es un rito que han instaurado ellas. Cada vez que una recibe el alta hacen todo esto. La verdad es que es muy intenso y emocionante- Me dijo el médico, que también vivía aquello con emoción contenida.
“no llevaré ninguna imagen de aquí, me iré desnuda igual que nací. Quiero empezar a ser yo misma y saber que soy capaz y que ando por mi pie. Desde mi libertad soy fuerte porque soy mortal, nunca me enseñaron a volar pero el vuelo debo alzar…”
Voces agudas, graves, entonadas, desafinadas… Pero todas concentradas en cantar lo más seguras y convencidas posibles. La última estrofa callaron todas y la cantó únicamente ella, que iba a alzar su vuelo en esa misma mañana.
Y aplaudieron. A rabiar. Gritando su nombre.
Después se pusieron todas formando una especie de túnel con los brazos, en dirección al mojón del kilómetro cero. Y ella lo recorrió. Recorrió el río de brazos que la empujaba hacia su nueva vida.
Y saltó el kilómetro cero. Con un gran salto esquivó el mojón.
Cuando la furgoneta que la llevaba a la ciudad giró la cuesta que se veía desde la terraza trasera, el paisaje amplio y libre de la sierra, ella salió del coche y gritó: ¿¡Cómo os quiero?! Y las demás, pegadas a la verja, con las manos agarrando el alambre, respondieron: ¡TODAS FUERA! E hicieron sonar fuertemente una campana que colgaba del techo. La campana y esos gritos de esperanza retumbaron en la tranquilidad del paisaje.
S. ha salido S.
Los folios con la letra de la canción los habían usado otras veces, se notaba al tacto. También el kilómetro cero lo ha sido de muchas otras mujeres. Y lo será. Quizá ahora mismo lo esté siendo.
violeta. junio 09
[Epílogo de mi estudio sobre mujeres drogodependientes maltratadas por sus parejas o ex parejas]
3 comentarios:
hola Violeta, me han encatado tus poesías... feliz encuentro. Un saludo desde la Estación Mir
Los rituales fueron un absurdo a mis ojos jóvenes, pero con el tiempo he ido comprendiendo toda la fuerza que tienen para quienes los llevan a cabo.
Echo de menos en tu prosa la energía que le das a los versos, pero seguro que sólo es cuestión de tiempo.
Muchos besos, guapetona.
Por mi experiencia de vida y por mi voluntariado en la cárcel durante unos años conozco de cerca el sufrimiento al que parece ajeno la mayoría de la gente, de las personas que luchan por salir del pozo, sus recaidas, la alegría contagiosa cuando alguna lo consigue.
Está todo aquí, en tu escrito, en ese kilómetro cero que significa volver a la vida y estrenarla.
Preciosa la manera en la que lo has contado.
Un abrazo, Violeta.
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